
No me resisto a escribir sobre la comunicación y el fútbol. Suelo practicar este deporte con una cuadrilla de setenta/ochentañeros que han visto más goles que todos los periodistas deportivos de España juntos. Cada uno tiene sus preferencias, sus nietos y sus prótesis. Que les voy a contar, quizás algo del «Doctor» que a sus 85 sigue diciendo «aquí no pasa nadie», o de «Santi», un sub-90 que se lanza a parar cualquier balón, aunque los vértigos le hagan reposar en el banquillo un rato.
Sí, el fútbol está desaconsejado a ciertas edades, pero el corazón tiene razones que los huesos no entienden. El caso es que uno de los temas de conversación es la selección de fútbol española del mundial. Yo sostengo la teoría de que goles son amores. Si no, te quedas en casa. Otros mantienen el criterio de que si la calidad, si la personalidad, si la experiencia en Primera División y todo ese elenco de la retórica futbolística tradicional.
Sí, para mi un jugador de Segunda División, pichichi en su equipo, es seleccionable. Un futbolista de Almería o Santander, que junto a su equipo logra sacar a su club de Segunda y situarlo en Primera, es un auténtico cohete de fuerza y coraje. Representa el espitiru de lucha y de superación, eso que nos lleva a intertarlo todo.
Es evidente que no todos pueden darse cita en un mundial de fútbol, pero es un premio que deben recibir los que han sido líderes, pertenezcan o no al olimpo mediático y a la nómina de Nike o Adidas ¿Manda el criterio deportivo del seleccionador Luis de la Fuente, o queda eclipsado por la necesidad de la publicidad y la promoción de la selección que exige millones de likes?
Nos gusta oir la historia de la estrella salida de los barrios más humildes, o del fútbol amateur o semiprofesional, pero al mismo tiempo nos ciega tanta imagen sobrevalorada y cansina de supuestos cracks del balompié.
En la comunicación y la publicidad convertimos a simples deportistas en mitos, dioses con pies de barro que realmente no son mejores ni peores que el panadero de nuestra calle. Un balón les hace famosos y ricos, pero ese endiosamiento que les hemos prefabricado y proyectamos irracionalmente es sólo parte del negocio.
Quisiera oir historias en este mundial de personas procedentes de la nada, sin pedigrí, de lo imprevisto, de superación ante lo más adverso, de sacrificio y renuncia, pero manda el compromiso económico. En fin, otro mundial más y del que curiosamente España no se apeó de la fase de clasificación, sabiendo que Israel también competía. Claro, políticamente vende más Eurovisión y allí sí se renunció. Manosear el arte y el deporte, vicio común de ciertos políticos.
Lo dicho, detrás de grandes futbolistas hay una gran montaña de experiencias, dinero y propaganda. Y como no, también animan a unos viejos locos que intentan imitarles dopados con Sintrom y Enantyum.
No tenemos solución.









