Bienvenidos a la radio, desconecten sus pantallas

Dos historias  de la radio en la SER: Jasikevicius y Antonio Pampliega. El primero le espeta a un periodista que lo de ser padre está por encima de jugar en la selección de baloncesto. El segundo relata sus días de secuestro en el infierno del Daesh.

– «¿Has visto a los aficionados durante el partido? ¿Importante? Cuando seas padre entenderás qué es lo más importante en la vida. Vienes y me hablas. Porque es lo mejor del mundo. Créeme. Ni títulos ni nada más. Augusto Lima está ahora en el cielo emocionalmente y estoy feliz por él».

Nada tiene más fuerza que el testimonio directo, sin anestesia, sin guión

La radio,  la que abofetea, tiene mucho que decir y que contar. La naturalidad, la sencillez, la espontaneidad y la sinceridad están en las ondas de las cadenas radiofónicas.

No todo es pantalla. Hay voz, conversación. La interacción más básica, el medio decano que lleva más de un siglo con la misma fisonomía.

 

Hoy vuelve el relato novelado con Echánove y la cibertinta de Pérez Reverte. A por sus fueros,  con toda la potencia de una buena literatura hablada.

Su fuerza siempre estará en las palabras directas, sin focos, sin publirreportaje.

Nos quedan voces de la predemocracia. Desde  Iñaki Gabilondo, Pepe Domingo Castaño, Carlos Herrera, Jiménez Losantos a César Lumbreras …y otros muchos que permanecen en la sombra del estudio sin estrellato.

Con sus tics y lastres, pero dando periodismo en vena. Tampoco exenta de radiopredicadores y enfermos por el poder.

Hay que homenajear a los que hacen radio, darles su premio, a su audiencia,  sus colaboradores, a los que construyen su mensaje. El aire se lleva las palabras demasiado rápido y es preciso dejar claro lo que se dice a la cara, sin maquillaje.

Hablamos demasiado de empoderamiento social en las redes, demasiado de nuevas tecnologías capaces de revolucionar cualquier ámbito cultural, pero nos hemos olvidado de la radio.

Sin radio no habría Orson Welles, MartinLuther King ni  Bertold Brecht. Tampoco Real Madrid, ni FC Barcelona. Haber pasado horas ante el viejo transistor de nuestros abuelos tiene sus frutos. Es lo popular, lo del pueblo, lo que no tiene cuotas ni tarifas , ni bozales que silencien el clamor de la calle.

Un brindis por los que se afeitan con transistor y se duchan con el dial.